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Urbanismo textil

La arquitectura industrial -y no me estoy refiriendo a las joyas que el modernismo legó a la ciudad- marcó durante muchos años la fisionomía de Terrassa. Pequeños y medianos talleres dedicados al hilado de lanas se hallaban en pleno centro urbano conviviendo con las viviendas de los habitantes de esta ciudad. Si en los trazados tradicionales de muchas ciudades los hogares se disponían en calles radiales que confluían en la plaza de la iglesia, aquí fueron las fábricas los ejes vertebradores de los barrios obreros. Las iglesias del textil profesaban el culto a la tecnología y a los postulados de la revolución industrial, a remolque de lo que sucedía en Gran Bretaña, pero a la vanguardia de lo que ocurría en España.

Uno de los recuerdos de mi infancia está muy asociado al sonoro tac-tac de las máquinas de hilado y al olor de los productos químicos utilizados en el tinte que exhalaban esos talleres de ladrillo rojizo y grandes cristaleras cuarteadas. Mi generación y las precedentes crecimos con esa sensación en el ADN. Ser terrassense implicaba en muchos casos criarse entre telas. Ya desde el siglo XIX Terrassa es conocida como importante centro industrial del sector textil. El propio Mariano José de Larra alude a los “paños de Tarrasa” en su artículo sobre las corridas de toros. Pero la riqueza derivada de esa industria no siempre acarreó belleza, al transformar la ciudad en una gran colonia fabril, pues el urbanismo de la época no había ideado aún el concepto del polígono industrial.

La ciudad fue ejemplo en una universidad japonesa de mala urbanización, precisamente por ir creciendo desordenadamente alrededor de esas fábricas que fueron la razón de su progreso. Pero el tiempo se ha encargado de poner las cosas en su sitio. La ciudad ha puesto en valor los edificios valiosos de esa época y ha desterrado al extrarradio la industria textil, lo que ha dado pie a que muchas de esas fábricas puedan reconvertirse en edificios de viviendas y oficinas. Muchas incluso han dado lugar a espacios de uso público.

Su primaria estructura sigue cautivando a los nostálgicos y, donde antaño había fealdad, hoy hay belleza. Muchas siguen aún desocupadas, generando ese aspecto de nave fantasma en medio de la urbe, mientras las más afortunadas se han integrado en el paisaje urbano volviendo a ser útiles y humanizándose.

Aquí os dejo una pequeña muestra de esos antiguos telares, hiladurías y tintorerías; podréis encontrarlas en la calle Sant Gaietà.

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