Ascensores urbanos

DSC03174Sin lugar a dudas está lejos, muy lejos de comparaciones con el elevador de Santa Justa en Lisboa, un ascensor diseñado por Raoul Mesnier y construido entre 1900 y 1902, en plena época modernista e industrial, de porte neoclásico y férrea manufactura. Se concibió para salvar los 45 metros de altura que separan los barrios de Chiado y Baixa Pombalina y en la actualidad es uno de los emblemas de la capital portuguesa y uno de los monumentos más visitados por los turistas.
Está lejos, como digo, de compararse con ésta obra de arte arquitectónica de valor indiscutible, aunque no así en lo que respecta a sus funciones. Y es que la idea de buscar soluciones mecánicas para problemas orográficos, vamos lo que ahora se engloba dentro de las denominadas políticas de movilidad, se ha adaptado a un nuevo contexto donde la arquitectura busca abrir su propio camino en el paisaje urbano con propuestas más o menos acertadas.
Hablando de estas curiosidades, Terrassa dispone de varios ejemplos al respecto, entre ellos dos en el Parque de Vallparadís y otro, el que tomamos como referencia, en el barrio de Can Boada. La intervención fue acometida por el estudio Q d’Arquitectura, a cuyo frente se hallan Jordi Grané y Miquel Turné. Su objetivo era mejorar los accesos a la calle Hernán Cortés, Joan d’Àustria y Joan fuster y la propuesta de este gabinete de arquitectos fue la mejora de las escaleras existentes y la instalación de un ascensor que permitiera salvar los 7 metros de desnivel existente.
La nueva escalera se concibió como un camino escalonado con terrazas ajardinadas integradas, mientras que el ascensor, según cuentan en su página web los autores del diseño, fue planteado “como una clara voluntad escultórica como contrapunto a la rotundidad del muro de contención existente”. De ahí su concepción en hormigón y sus rectilíneas formas sólo aligeradas por el uso del cristal propio de la caja del ascensor.

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Ayuntamiento con aires góticos

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El edificio que alberga al Ayuntamiento de Terrassa es un raro ejemplo dentro del prolífico legado que dejó a la ciudad el arquitecto Lluís Muncunill por su carácter claramente neogótico, que rehuye los matices modernistas que caracterizaron la práctica totalidad de su obra. El diseño del actual Consistorio fue concebido en el año 1898, cuando se decidió trasladar al solar de Can Galí el antiguo ayuntamiento, que ocupaba el caserón ubicado en el número 13 del Raval de Montserrat, que  a su vez pasó a ser propiedad del Instituto Industrial de Terrassa, fundado en 1873, con el objetivo de potenciar el gremialismo de los distintos sectores industriales. Sin embargo, los terrassenses no pudimos ver acabada la obra por completo hasta mucho después.
Muncunill estuvo al frente de las obras de este nuevo edificio hasta 1903, cuando su sucesor, Antoni Pascual i Carretero, asumió la construcción. El nuevo arquitecto municipal finalizó el segundo piso sin seguir estrictamente el proyecto de su predecesor, quedando el remate final de la fachada pendiente hasta que en 1986 se decide concluirla según el proyecto original de Muncunill.
Tres grandes arcos de inspiración gótica franquean el zaguán de acceso a la casa consistorial, presidido por una escalera ancha. Los mismos se apoyan en capiteles adornados con motivos florales de gran detalle, a continuación de los cuales se extienden cuatro nervudas columnas. Esos mismos detalles de inspiración vegetal se distribuyen a lo largo de toda la fachada en diversos elementos decorativos que aportan cierta dosis de barroquismo a un conjunto de esencia sencilla.
Sobre este portal cuasi eclesiástico se levanta el primer piso del edificio, caracterizado por el enorme balcón con balaustrada que cruza todo el frontispicio y al que se accede a través de un gran ventanal rematado en arco gótico apuntado con celosía y flanqueado por otros cuatro ventanales de igual constitución. Sobre este piso se halla un segundo con ventanas rectangulares que se aparta un tanto del concepto ideado por Muncunill en cuya parte central aparece el escudo de la ciudad, sobre el cual se halla el coronamiento final del edificio, en forma triangular, que enmarca un reloj. El edificio finaliza rematado con pináculos al más puro estilo gótico.
En su interior destaca la gran escalinata de piedra y  la claraboya con vitrales, al igual que los artesonados de yesería, obra de Jeroni Ablabó, que pueden verse en el Salón de Plenos y el gabinete de Alcaldía. A la Sala de Plenos se accede a través de una triple portalada gótica que asimismo resulta de interés arquitectónico, al igual que los trabajos de carpintería de Pau Güell y la Galería de tarrasenses ilustres, que exhibe los retratos de los personajes destacados de la historia de la ciudad, según una iniciativa nacida en 1914 con motivo del homenaje a Joaquim de Sagrera.

Vapor Aymerich, Amat y Jover: mar de ladrillo

Abrió sus puertas en 1907 como un gran centro de producción textil en el que se llevaba acabo todo el proceso de elaboración de paños, desde el hilado y la fabricación de tejidos hasta los tintes y acabados. De ahí las dimensiones de su gran nave, que resulta espectacular contemplada desde cualquier perspectiva interior. En 1983, siete años después de que cesara su actividad industrial, fue adquirida por la Generalitat de Catalunya con la finalidad de que albergase la sede del Museo Nacional de la Ciencia y de la Técnica de Catalunya, adaptando su espacio al uso museístico, aunque conservando su estructura original intacta. El vapor Aymerich, Amat i Jover está considerado como uno de los mejores ejemplos del modernismo industrial catalán y, sin lugar a dudas, es uno de los edificios más importantes de la ciudad, que llama la atención por su original arquitectura, especialmente plasmada en su cubierta.

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Torre del Palau, vestigio medieval

DSC02681 Según parece, durante la Edad Media Terrassa contaba con un castillo palaciego que, junto con los vestigios de arquitectura romana y visigótica hallados en la Seu d’Ègara, evidencian el antiguo origen de la ciudad. Existen documentos que datan la existencia de dicho castillo en el año 1016 y se sabe que Pere de Fizes y Guillem de Muntanyans fueron dos de los señores feudales que gobernaron dicho castillo.
Sin embargo, lamentablemente de todo ese esplendor pasado sólo ha sobrevivido lo que se sospecha que fue la torre del homenaje, conocida como Torre del Palau. El desapego que muchos políticos y urbanistas demostraron hacia nuestro patrimonio, haciendo desaparecer, por ejemplo, edificios emblemáticos y murallas de valor histórico en favor del crecimiento de muchas de nuestras ciudades, dejó también sin protección elementos relevantes de titularidad privada. Algo así ocurrió con el desaparecido castillo-palacio de Terrassa, cuyo último propietario decidió derribar lo que quedaba de él en 1891.
Afortunadamente, la torre permaneció intacta, aunque escondida en el jardín de uno de los inmuebles. Durante muchos años, los terrasenses sólo contemplamos la torre asomando entre los tejados de las casas que dan a la plaza Vella.

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Urbanismo textil

La arquitectura industrial -y no me estoy refiriendo a las joyas que el modernismo legó a la ciudad- marcó durante muchos años la fisionomía de Terrassa. Pequeños y medianos talleres dedicados al hilado de lanas se hallaban en pleno centro urbano conviviendo con las viviendas de los habitantes de esta ciudad. Si en los trazados tradicionales de muchas ciudades los hogares se disponían en calles radiales que confluían en la plaza de la iglesia, aquí fueron las fábricas los ejes vertebradores de los barrios obreros. Las iglesias del textil profesaban el culto a la tecnología y a los postulados de la revolución industrial, a remolque de lo que sucedía en Gran Bretaña, pero a la vanguardia de lo que ocurría en España.

Uno de los recuerdos de mi infancia está muy asociado al sonoro tac-tac de las máquinas de hilado y al olor de los productos químicos utilizados en el tinte que exhalaban esos talleres de ladrillo rojizo y grandes cristaleras cuarteadas. Mi generación y las precedentes crecimos con esa sensación en el ADN. Ser terrassense implicaba en muchos casos criarse entre telas. Ya desde el siglo XIX Terrassa es conocida como importante centro industrial del sector textil. El propio Mariano José de Larra alude a los “paños de Tarrasa” en su artículo sobre las corridas de toros. Pero la riqueza derivada de esa industria no siempre acarreó belleza, al transformar la ciudad en una gran colonia fabril, pues el urbanismo de la época no había ideado aún el concepto del polígono industrial.

La ciudad fue ejemplo en una universidad japonesa de mala urbanización, precisamente por ir creciendo desordenadamente alrededor de esas fábricas que fueron la razón de su progreso. Pero el tiempo se ha encargado de poner las cosas en su sitio. La ciudad ha puesto en valor los edificios valiosos de esa época y ha desterrado al extrarradio la industria textil, lo que ha dado pie a que muchas de esas fábricas puedan reconvertirse en edificios de viviendas y oficinas. Muchas incluso han dado lugar a espacios de uso público.

Su primaria estructura sigue cautivando a los nostálgicos y, donde antaño había fealdad, hoy hay belleza. Muchas siguen aún desocupadas, generando ese aspecto de nave fantasma en medio de la urbe, mientras las más afortunadas se han integrado en el paisaje urbano volviendo a ser útiles y humanizándose.

Aquí os dejo una pequeña muestra de esos antiguos telares, hiladurías y tintorerías; podréis encontrarlas en la calle Sant Gaietà.

Un muro mural

 

Nueva entrega de graffiti. El amplio solar que ocupa la ahora inactiva fábrica Agut S.A., en la confluencia entre la avenida Josep Tarradellas y el paseo 22 de Juliol, se halla rodeado por un muro que permite disfrutar del trabajo de varios artistas callejeros que aportan colorido y dinamismo donde antes solo había frialdad. La arquitectura fabril de los años sesenta combina a la perfección con el arte callejero desarrollado en la actualidad, que no ha perdido sus raíces formales próximas a esa época.
La propuesta estética que esta sala de exposiciones al aire libre ofrece a sus visitantes abarca varias opciones en lo que se refiere a los motivos seleccionados por los graffiteros que aportaron sus creaciones. Así, es posible hallar homenajes al funky de los setenta, los personajes de Disney, el desaparecido gorila albino Copito de Nieve -perdido emblema de la ciudad de Barcelona-, personajes de ficción de inspiración mitológica y aspecto manga, animales… todo ello sin que falten las típicas grafías con mensajes cifrados.

Masía Freixa, inspiración gaudiniana

Para muchas generaciones de terrassenses, la Masía Freixa y su entorno forman parte de los recuerdos de su infancia. Mucho antes de la gran intervención urbanística acometida por el Ayuntamiento en el torrente de Vallparadís, creando así el gran pulmón verde de la ciudad, el Parque de Sant Jordi era la única gran zona verde pública que los ciudadanos podían disfrutar. La singular construcción que preside este espacio es también el principal emblema arquitectónico de la ciudad, posiblemente uno de los que más admiración causan entre los visitantes por sus redondeadas formas, que recuerdan mucho a la obra de Antonio Gaudí, aunque aportándole mayor sobriedad formal y menor abigarramiento estético. Seguir leyendo Masía Freixa, inspiración gaudiniana

Arquitectura e interiorismo en Terrassa