Torre del Palau, vestigio medieval

DSC02681 Según parece, durante la Edad Media Terrassa contaba con un castillo palaciego que, junto con los vestigios de arquitectura romana y visigótica hallados en la Seu d’Ègara, evidencian el antiguo origen de la ciudad. Existen documentos que datan la existencia de dicho castillo en el año 1016 y se sabe que Pere de Fizes y Guillem de Muntanyans fueron dos de los señores feudales que gobernaron dicho castillo.
Sin embargo, lamentablemente de todo ese esplendor pasado sólo ha sobrevivido lo que se sospecha que fue la torre del homenaje, conocida como Torre del Palau. El desapego que muchos políticos y urbanistas demostraron hacia nuestro patrimonio, haciendo desaparecer, por ejemplo, edificios emblemáticos y murallas de valor histórico en favor del crecimiento de muchas de nuestras ciudades, dejó también sin protección elementos relevantes de titularidad privada. Algo así ocurrió con el desaparecido castillo-palacio de Terrassa, cuyo último propietario decidió derribar lo que quedaba de él en 1891.
Afortunadamente, la torre permaneció intacta, aunque escondida en el jardín de uno de los inmuebles. Durante muchos años, los terrasenses sólo contemplamos la torre asomando entre los tejados de las casas que dan a la plaza Vella.

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Urbanismo textil

La arquitectura industrial -y no me estoy refiriendo a las joyas que el modernismo legó a la ciudad- marcó durante muchos años la fisionomía de Terrassa. Pequeños y medianos talleres dedicados al hilado de lanas se hallaban en pleno centro urbano conviviendo con las viviendas de los habitantes de esta ciudad. Si en los trazados tradicionales de muchas ciudades los hogares se disponían en calles radiales que confluían en la plaza de la iglesia, aquí fueron las fábricas los ejes vertebradores de los barrios obreros. Las iglesias del textil profesaban el culto a la tecnología y a los postulados de la revolución industrial, a remolque de lo que sucedía en Gran Bretaña, pero a la vanguardia de lo que ocurría en España.

Uno de los recuerdos de mi infancia está muy asociado al sonoro tac-tac de las máquinas de hilado y al olor de los productos químicos utilizados en el tinte que exhalaban esos talleres de ladrillo rojizo y grandes cristaleras cuarteadas. Mi generación y las precedentes crecimos con esa sensación en el ADN. Ser terrassense implicaba en muchos casos criarse entre telas. Ya desde el siglo XIX Terrassa es conocida como importante centro industrial del sector textil. El propio Mariano José de Larra alude a los “paños de Tarrasa” en su artículo sobre las corridas de toros. Pero la riqueza derivada de esa industria no siempre acarreó belleza, al transformar la ciudad en una gran colonia fabril, pues el urbanismo de la época no había ideado aún el concepto del polígono industrial.

La ciudad fue ejemplo en una universidad japonesa de mala urbanización, precisamente por ir creciendo desordenadamente alrededor de esas fábricas que fueron la razón de su progreso. Pero el tiempo se ha encargado de poner las cosas en su sitio. La ciudad ha puesto en valor los edificios valiosos de esa época y ha desterrado al extrarradio la industria textil, lo que ha dado pie a que muchas de esas fábricas puedan reconvertirse en edificios de viviendas y oficinas. Muchas incluso han dado lugar a espacios de uso público.

Su primaria estructura sigue cautivando a los nostálgicos y, donde antaño había fealdad, hoy hay belleza. Muchas siguen aún desocupadas, generando ese aspecto de nave fantasma en medio de la urbe, mientras las más afortunadas se han integrado en el paisaje urbano volviendo a ser útiles y humanizándose.

Aquí os dejo una pequeña muestra de esos antiguos telares, hiladurías y tintorerías; podréis encontrarlas en la calle Sant Gaietà.

Un muro mural

Nueva entrega de graffiti. El amplio solar que ocupa la ahora inactiva fábrica Agut S.A., en la confluencia entre la avenida Josep Tarradellas y el paseo 22 de Juliol, se halla rodeado por un muro que permite disfrutar del trabajo de varios artistas callejeros que aportan colorido y dinamismo donde antes solo había frialdad. La arquitectura fabril de los años sesenta combina a la perfección con el arte callejero desarrollado en la actualidad, que no ha perdido sus raíces formales próximas a esa época.
La propuesta estética que esta sala de exposiciones al aire libre ofrece a sus visitantes abarca varias opciones en lo que se refiere a los motivos seleccionados por los graffiteros que aportaron sus creaciones. Así, es posible hallar homenajes al funky de los setenta, los personajes de Disney, el desaparecido gorila albino Copito de Nieve -perdido emblema de la ciudad de Barcelona-, personajes de ficción de inspiración mitológica y aspecto manga, animales… todo ello sin que falten las típicas grafías con mensajes cifrados.

Masía Freixa, inspiración gaudiniana

Para muchas generaciones de terrassenses, la Masía Freixa y su entorno forman parte de los recuerdos de su infancia. Mucho antes de la gran intervención urbanística acometida por el Ayuntamiento en el torrente de Vallparadís, creando así el gran pulmón verde de la ciudad, el Parque de Sant Jordi era la única gran zona verde pública que los ciudadanos podían disfrutar. La singular construcción que preside este espacio es también el principal emblema arquitectónico de la ciudad, posiblemente uno de los que más admiración causan entre los visitantes por sus redondeadas formas, que recuerdan mucho a la obra de Antonio Gaudí, aunque aportándole mayor sobriedad formal y menor abigarramiento estético. Seguir leyendo Masía Freixa, inspiración gaudiniana

Homenaje a ‘El Principito’

“Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos “.
Es una de las frases del mítico libro de Antoine de Saint-Exupéry “El Principito“. Y es la frase elegida por el escultor Josep Cárceles para la visión que nos muestra de este mágico personaje a través de la escultura que, casi desapercibida, se sitúa ante el edificio que acoge la sede terrassense del BBVA, en la Rambla de Égara. Seguir leyendo Homenaje a ‘El Principito’

Comer en una juguetería

No es de extrañar que en una ciudad donde el Modernismo arraigó con tantos ejemplos en su arquitectura urbana a alguien se le pasara por la cabeza homenajear ese estilo arquitectónico a la hora de decorar un establecimiento de restauración. En un mundo de tiendas y restaurantes cuyo interiorismo pasa más por criterios convencionales que rozan lo estandarizado, antes que por apuestas arriesgadas u originales, merece al menos un comentario el esfuerzo llevado a cabo por los impulsores del restaurante La Botigueta, que apostaron por revivir el pasado reciente de la ciudad en la propuesta formal de su establecimiento, logrando con su “puesta en escena” un efecto mágico y evocador que confiere un tremendo atractivo a quienes acuden a saborear su carta. Seguir leyendo Comer en una juguetería

Cambra de Comerç, el barco de cristal

Detalle de su esbelta columna y alero en vértice

Así como el modernismo dotó al paisaje urbano de Terrassa con numerosas y relevantes muestras arquitectónicas, no ocurre lo mismo cuando analizamos el patrimonio contemporáneo, en el que muchas otras ciudades sobresalen con espectaculares obras de renombrados arquitectos. No obstante, como este site va de arquitectura y decoración, me he propuesto reseñar también los “emblemas” que adornan la ciudad en materia de arquitectura más o menos actual e indagaré entre las construcciones relativamente recientes para descubrir qué se ha cocido en la cocina contemporánea.

Y he decidido empezar por la aportación que en su día hicieron los comerciantes de la isla, o mejor dicho, su cámara de representación, dotándose de un edificio moderno, que despuntó por sus atrevidas líneas orgánicas y dinámicas. Se trata del edificio de la Cambra de Comerç, obra del arquitecto Francesc Bacardit Segués, que fue erigido en 1989 un solar de la calle Blasco de Garay, 4.700 metros cuadrados que antaño acogía a la industria textil Mas SA.
Con vocación mediterránea, el edificio destacó inmediatamente como un gran barco de cristal por su ondulada fachada y sus cornisas acabadas en vértice. Bacardit remató la fachada con una inmensa columna exterior erigida en el cruce de las calles Blasco de Garay con Arquímedes, con la intención de que resultara visible desde la Rambla. Eran tiempos -finales de los ochenta-en los que se hablaba del post-modernismo como tendencia artística y la arquitectura quiso también dejar su impronta en esa filosofía urbana con creaciones diversas. El diseño del edificio de la Cambra algunos lo circunscriben precisamente en la corriente del expresionismo post-moderno.
El trabajo de Bacardit se inspira a menudo en el racionalismo, caracterizado por la simplicidad de líneas y la concepción de obras de belleza minimalista. No en vano, por aquella época, el arquitecto aseguraba sentirse más atraído por las bellas artes y la arquitectura que por la construcción en sí. Tal vez por ello destaque el edificio del que nos ocupamos ahora, marcado cuya simplicidad tiene mucho de estética, tal vez por el juego visual que su sinuosa geometría le confiere al conjunto.
Bacardit lo concibió en planta libre y soportado por una estructura reticular de hormigón armado, con pilares situados a cada cinco metros y perímetro cerrado por elementos prefabricados de hormigón tratado, vidrio y acero. Son precisamente esos tres elementos los que definen claramente la fachada principal del edificio, rematada a ambos lados por dos elevadas cornisas que sobresalen en forma de alerón, acentuando el efecto óptico de la curvatura de dicha fachada. El trazado curvilíneo del frente principal del inmueble permitió dotar a la calle Blasco de Garay de un espacio público más amplio que, a la vez, realza el edificio al otorgarle más perspectiva al ser contemplado desde las calles adyacentes.
Como buen ejemplo de obra racionalista, el uso del cristal no sólo es cuestión de estética en este caso, sino que también permite aportar luminosidad al interior del inmueble, que acentúa su verticalidad mediante la disposición de rampas y escaleras que unen las distintas plantas a distancia de la pared traslúcida. El edificio alberga en su interior un total de 5 plantas, dos de ellas subterráneas que acogen un parking, un almacén y un archivo. La planta baja se destinó a recepción, oficinas y una sala de exposiciones. Presidencia se halla en la primera planta, donde también está la sala de plenos del comité ejecutivo de la Cambra de Comerç, salas para diversas comisiones, sala de actos y salas multifuncionales. La segunda planta se destinó a aulas de formación.

Gracias a Bacardit la Cambra recibió en 1990 el Premio Cívico a la mejora de fachadas del Ayuntamiento de Terrassa. A su vez, el propio arquitecto fue galardonado un año después con el Premio de Arquitectura Estética.

Años después, entre 2003 y 2008, el edificio fue remodelado por el arquitecto Jaume Armengol para adaptar sus funciones a las nuevas necesidades que se fueron generando. Entre esas intervenciones, figura la apertura del acceso al interior del edificio por la fachada principal de la calle Blasco de Garay (el diseño original la ubicaba en el cruce con la calle Arquímedes). La reforma respetó la concepción inicial de Bacardit, preservando la estética del edificio intacta.

Arquitectura e interiorismo en Terrassa