Mosaicos para la historia

Prácticamente todas las viviendas de la etapa modernista, pero también de otros estilos arquitectónicos próximos a esa época, cuentan con suelos pavimentados con mosaico hidráulico. En la época en que las artes decorativas experimentaron una gran eclosión, la mayoría de los arquitectos buscaron soluciones creativas para el pavimento de aquellos edificios que buscaban ciertas connotaciones estéticas y, en mayor o menor medida, el pavimento  hidráulico fue ganando espacio al gres y otras soluciones cerámicas.

Las características y versatilidad de este nuevo tipo de baldosa permitían, al margen de sus otras virtudes, infinitas posibilidades creativas y, por ende, infinitas posibilidades a la hora de crear composiciones ornamentales de todo tipo para residencias y edificios que ponían el acento en la ostentación. Pero esta solución no era una exclusiva de las solerías de las viviendas de los acaudalados señores del textil, cuyos suelos aparecían profusamente adornados por este tipo de pavimentación, sino que vestían también los humildes suelos de  las casas de los obreros.

Desde finales del siglo XIX a mediados del XX -época que coincide plenamente con el modernismo arquitectónico– este tipo de baldosa estuvo muy presente en la arquitectura terrassense, dejando un interesante legado que podemos contemplar en algunos de los edificios que aún se conservan de ese período. El auge de este tipo de pavimento fue tal que a principios del siglo XX existían 220 fábricas dedicadas a elaborar estas baldosas, la mayoría en Catalunya y Valencia, según señala Antonio Bravo-Nieto, profesor del Centro Universitario UNED de Melilla, en su estudio La baldosa hidráulica en España. Algunos aspectos de su expansión industrial y evolución estética (1867-1960)

Baldosas de la Casa Baltasar Gorina.

La industria de la baldosa hidráulica surgió en Francia, aunque su precedente histórico hay que buscarlo en Italia, durante los siglos XVII y XVIII, donde se imitaban las losetas de mármol mediante la compactación de cemento natural humedecido sobre un banco de hierro. A esa masa compacta se le aplicaba con espátula otra capa fina de cemento coloreado que, tras la fase de secado, se sometía a bruñido manual (datos extraídos de El mosaico hidráulico, del Institut de Promoció Cerámica de Castellón).

Con la aparición del cemento artificial Portland, esta técnica se elevó a un nivel superior. El mosaico hidráulico se fabricaba mezclando polvo de mármol blanco, cemento blanco, arena y pigmentos de color con agua formando una pasta que se vertía dentro de un molde conocido como la trepa. Dicho molde contaba con distintos espacios que se rellenaban del color que se eligiera para crear las distintas composiciones deseadas. A continuación, se añadía una segunda capa formada por una mezcla de cemento gris y arena, y finalmente se terminaba con una tercera capa, elaborada a base de cemento gris, cemento común y arena. El molde rellenado se colocaba bajo una prensa hidráulica que la comprimía. Después, se extraía la baldosa del molde, se dejaba secar y se sumergía en agua durante 24 horas.  Al estar hechas de cemento comprimido, estas baldosas tenían una gran resistencia y solidez. Pero junto a esa resistencia, los arquitectos y maestros de obra de la época valoraban especialmente su gran versatilidad, la posibilidad de imprimirles una extensa variedad de colores y dibujos que las hacían idóneas tanto para suelos de interior como de exterior.

Arriba, pasillo de la Escuela Industrial. Abajo, suelos del Hotel Peninsular.

Esa técnica se extendió rápidamente por España, donde adquirió una especial relevancia. La primera fábrica de este tipo de mosaico que abrió sus puertas en Barcelona fue Butsems & Cía. Inició su actividad en 1856, once años después de que la empresa francesa Garret, Rivet y Cía presentara este nuevo tipo de baldosa en la Exposición Universal de París de 1867.  A esta empresa se sumaron otras como Salvador Bulet y Cía, Orsola Solà o Escofet Tejera y Cía, hasta sumar 109 a finales de la década de los 50 del siglo XX, según los datos del Institut de Promoció Cerámica de Castellón.

Eclecticismo e historicismo, con guiños a los célebres mosaicos romanos, ocuparon la estética de los suelos de la época, aunque la efervescente creatividad de las artes decorativas del modernismo centraron la mayor parte de esos diseños, con numerosos motivos geométricos, florales y vegetales. Transcurrido ese florido período, a partir de los años cuarenta del siglo XX, se impusieron los modelos lisos o jaspeados monocromáticos, más acordes con la arquitectura racionalista en boga, cuyos preceptos estilísticos se asentaban más en un discurso minimalista. 

 Baldosas de la Escuela Pía.

Hoy podemos disfrutar de esos suelos en muchas casas particulares que han sobrevivido, y en otras protegidas como Bien Cultural de Interés Local (BCIL). Hallamos bellos ejemplares en la Casa Alegre de Sagrera, la Casa Baumann, la Casa Baltasar Gorina o la Casa Jacint Bosch, entre otras muchas. El Museu de Terrassa cuenta con una interesante exposición virtual sobre los distintos tipos de baldosa que podemos hallar en la ciudad, aunque esa muestra abarca todos los períodos históricos y no solo el que se refiere al mosaico hidráulico.

Baldosas de la Casa Baumann
Suelos de la Casa Alegre de Sagrera.
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