La asignatura pendiente de Galileu y Arquímedes

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Cuando el Ayuntamiento de Terrassa tomó la decisión de suprimir el tráfico de la Rambla -aprovechando su remodelación con motivo del soterramiento de los ferrocarriles de la Generalitat- apostó claramente por un modelo de ciudad que priorizaba al peatón por encima del automóvil. Un modelo en línea con el que muchas otras ciudades han adoptado y que persigue rescatar el mayor espacio posible para el peatón, promoviendo un uso más racional del automóvil particular en favor de la bicicleta y del transporte público. Criterios, en definitiva que persiguen una ciudad más ecológica y saludable para el disfrute de sus ciudadanos.

Desconozco si el Consistorio contaba con una planificación previa en este sentido o si se trataba de una iniciativa aislada que, no obstante, se sumaba a otras que compartían el mismo espíritu. Como ejemplo baste citar las remodelaciones de las calles de la Rutlla o Volta, entre otras, que reordenaron el tráfico, ampliaron aceras y plantaron árboles en consonancia con ese modelo.

Pero, para ser consecuente con esas actuaciones, Terrassa aún ha de afrontar dos intervenciones clave en el centro de la ciudad. Trasladar el tráfico de la Rambla a las calles Arquímedes y Galileu, sin acondicionarlas antes, ha sido un claro error. Lo demuestran los atascos que se generan en las horas punta por la densidad del tráfico y los tramos de un solo carril. Pero también existe una componente de, digamos, estética urbanística, de coherencia con el citado modelo y de expectativas insatisfechas para una ciudad del rango de TerrassaCaptura de pantalla 2015-04-23 a las 22.27.43

Uno de los problemas que presenta el casco antiguo de la ciudad tiene su origen ya en la nefasta planificación del pasado, más próxima a un desvencijado pueblo que a la notable ciudad que es Terrassa (aunque a menudo no seamos capaces de reconocerlo). Se trata del angosto trazado de sus calles, a lo que se añaden las esquinas aristadas y sin chaflán que generan falta de visibilidad en el tráfico. En ese contexto, cualquier acción que contribuya al “esponjamiento” de ese espacio contribuye a crear una ciudad más  habitable. El resultado obtenido en La Rutlla o Volta así lo ha puesto de relieve. Sin necesidad de expropiar para ensanchar las calles -tarea imposible por su inasumible coste económico- el trazado urbanístico ha generado una sensación de mayor amplitud, se ha humanizado.

Al trasladar el tráfico de la Rambla a Arquímedes y Galileu, estas calles adquirieron automáticamente un rango similar al de la Rambla, un rango de vías preferentes que deberían haber recibido un tratamiento urbanístico acorde con su nuevo estatus, no sólo desde el punto de vista de la funcionalidad -fluidez del tráfico- sino también desde un punto estético. Quien circula por primera vez por ambas calles tiene la sensación de hacerlo por callejuelas de un pueblo mal planificadas con amplios tramos de un solo carril y vehículos aparcados que ahora están a la derecha y ahora a la izquierda, convirtiéndose en obstáculos que hay que salvar. Caos, en definitiva y mala imagen para lo que se supone que es una ciudad de más de 200.000 habitantes.

Soy consciente del mal momento económico que vive el conjunto del país, pero tarde o temprano habrá que tomar una decisión al respecto y seguir construyendo la Terrassa que nos merecemos -que ya ha visto intervenciones encomiables en años precedentes- más humana y por qué no, capital vallesana. Habrá que ser “valientes” y renunciar al estacionamiento en ambas vías -perdiendo incluso los beneficios económicos que deja a las arcas municipales la O.R.A. Así podremos lograr el espacio necesario para crear dos carriles, ampliando aceras y transformándolas en pequeños bulevares similares a los de Rutlla y Volta.

Hay quien dirá que en el urbanismo, como en casi todo, para gustos los colores. Y tendrán razón, pero Terrassa ya ha elegido un color al diseñar el modelo de ciudad que iniciativas previas nos demuestran. Y ahora todas las actuaciones han de guardar coherencia con ese modelo, seguir una misma línea, un mismo camino que evite discordancias. No es tanto que a este humilde periodista le guste que su ciudad sea más bella y mejor ordenada -que también- sino, como decía el del chiste: “Si vamos a por Rolex, vamos a por Rolex, y si vamos a por setas,  vamos a por setas”.

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